Aún recuerdo cuando estaba en la secundaria, me gustaba una compañera de clase. Una vez, tuvo una pelea con su familia por un pequeño asunto, y yo le propuse que se escapara conmigo. Ella, sin pensarlo, aceptó. Ese día, empaqué mis cosas de manera sencilla; como no tenía maleta, busqué un saco de plástico que se usa para el alimento de cerdos, metí medio saco de ropa y partí. Al llegar a la estación, la vi arrastrando una maleta, con una mochila al hombro y un cuaderno en la mano, parecía que iba de viaje. Cuando me vio cargando el saco de plástico, como si fuera a trabajar, se dio la vuelta y se fue a casa. Ahora, cuando nos encontramos, siempre me agradece por haberla convencido de una manera tan especial para que regresara a casa.