Nos hemos vuelto demasiado elocuentes sobre nuestro sufrimiento y demasiado inarticulados sobre nuestra fortaleza. Cuanto más elegantemente describimos nuestras heridas, más difícil se vuelve dejarlas atrás. Cuando una lucha se convierte en parte de tu identidad, superarla se siente como una traición a quién eres.