Ante las muchas cuestiones del corazón humano, así como las situaciones trágicas de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, nuestra fe debe estar alerta, atenta y profética. La fe debe abrir nuestros ojos a la oscuridad del mundo y llevar a otros la luz del Evangelio a través de nuestro compromiso con la paz, la justicia y la solidaridad.