Una oruga no sabe que se está preparando para convertirse en mariposa. Es simplemente vivir. Comiendo hojas, gateando, haciendo lo que hacen las orugas. Pero algo está ocurriendo bajo la superficie. Algo se está reuniendo. Algo se está gestando. Tus veinte y treinta años son así. Crees que solo estás viviendo tu vida. Cometer tus errores, construir tu carrera, intentar descubrir quién se supone que debes ser. Pero en realidad, estás reuniendo pruebas. Estás acumulando experiencias que solo tendrán sentido décadas después. Estás aprendiendo lecciones que no puedes entender hasta que las hayas vivido a fondo. Cuando eres joven, todo parece urgente. Ese rechazo de trabajo se siente como el fin del mundo. Que esa relación termine parece que nunca te vas a recuperar. Ese error que cometiste se siente como una huella permanente en tu carácter. Porque cuando eres joven, crees que cada momento te define—que cada decisión está marcando tu destino en piedra, que cada fracaso es una declaración sobre tu valor fundamental. Pero esto es lo que no te dicen en tus veintitantos: toda esa urgencia es solo ruido. Es el sonido de tu ego intentando desesperadamente construirse, intentando construir una identidad a partir de logros, posesiones y opiniones ajenas. Y el ego debe construirse. Esto es crucial. No puedes saltarte este paso. Primero debes creer que eres alguien antes de descubrir que no eres nadie. O mejor dicho, que eres todo el mundo. Que bajo los papeles y las máscaras, tú eres toda la danza. - Alan Watts